Inteligencia artificial: ¿Avance o amenaza?

Foto: Pixabay
Hubo un tiempo en que el fuego fue enemigo y la rueda un misterio. Hubo voces que se alzaron contra la imprenta, temiendo que los libros volvieran perezoso al pensamiento.
Se dijo que el ferrocarril era un desafío contra la naturaleza, que la electricidad era peligrosa, que el cine arruinaría la imaginación.
Hoy, en el umbral de una nueva era, es la inteligencia artificial la que despierta pasiones y controversia.
Unos la ven como una revolución prodigiosa, el umbral de un mundo donde las máquinas amplifican nuestra creatividad, nos libran de lo tedioso y nos abren puertas que antes solo podían habitar en los sueños.
Para otros, es un espectro inquietante, un avance desmedido que amenaza con desdibujar lo humano, despojarnos de nuestra esencia y dejarnos en manos de algoritmos insensibles.
Entre estos polos opuestos, se extiende un territorio intermedio: el de la reflexión, el equilibrio y la adaptación. Porque si algo ha demostrado la historia es que resistirse al cambio rara vez lo detiene.
No se trata de aplaudir sin cuestionar, ni de rechazar sin comprender. Se trata de aprender, de discernir, de usar con criterio las herramientas que el tiempo nos va dejando en el camino.
La inteligencia artificial no es buena ni mala en sí misma. Es un espejo de quienes la crean y de quienes la usan. Puede ser el pincel de un artista, la brújula de un explorador, el motor de un mundo más eficiente… o un arma de desinformación, un juez sin matices, una sombra que desplaza el esfuerzo humano.
El desafío no está en la tecnología, sino en nuestras manos, en nuestra capacidad de moldearla con sabiduría.
Quedarse atrás no es una opción. Pero avanzar sin conciencia tampoco lo es.
Tal vez la respuesta no esté en elegir un bando, sino en aprender a caminar con paso firme sobre la delgada línea que separa el miedo del entusiasmo, el escepticismo de la ingenuidad.
Quizá, como tantas veces antes, la clave no esté en la herramienta, sino en el alma de quien la utiliza.
Entonces, ¿seremos los dueños del futuro o simples testigos de su inevitable marcha?
EU