Cerrar la tapa del retrete no es una manía: la ciencia advierte un riesgo silencioso para la salud pública

Cerrar la tapa del retrete antes de tirar de la cadena dejó de ser una recomendación doméstica sin sustento para convertirse en una medida básica de higiene respaldada por la ciencia. Investigaciones recientes confirman que la descarga del inodoro genera aerosoles invisibles capaces de dispersar microorganismos en el aire, un fenómeno que cobra especial relevancia en un contexto global donde las enfermedades asociadas al saneamiento deficiente siguen causando estragos: alrededor de 564 mil muertes al año, en su mayoría por padecimientos diarreicos.
La importancia del saneamiento ha sido tal que la Organización Mundial de la Salud impulsó incluso la conmemoración del Día Mundial del Retrete, un recordatorio de que este invento transformó la historia de la salud pública al permitir la gestión higiénica de los desechos humanos. Sin embargo, el simbolismo del inodoro contrasta con una realidad incómoda: millones de personas en el mundo aún carecen de uno seguro, lo que perpetúa ciclos de enfermedad, pobreza y desigualdad.
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El baño, lejos de ser un lujo, es una necesidad permanente en cualquier escenario futuro. La humanidad siempre dependerá del saneamiento para prevenir brotes infecciosos y mantener entornos habitables. No obstante, la presión sobre los sistemas actuales aumenta conforme crece la población y se intensifican los efectos del cambio climático, poniendo a prueba infraestructuras que ya muestran signos claros de envejecimiento y deterioro.
La falta de acceso a retretes seguros afecta de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables, en particular a mujeres y niñas, quienes enfrentan mayores riesgos sanitarios y sociales. A este problema estructural se suma la insuficiencia de drenajes, plantas de tratamiento rebasadas y una inversión que no avanza al mismo ritmo que la demanda, creando un escenario frágil frente a inundaciones, sequías y otros eventos extremos.
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Los expertos coinciden en que el saneamiento del siglo XXI debe cumplir condiciones mínimas: ser accesible para todos, resistir los impactos climáticos, reducir emisiones de gases de efecto invernadero y contar con financiamiento sostenido. Bajo esta lógica, el acceso al saneamiento se reconoce como un derecho humano indispensable para una vida digna, productiva y saludable, con un potencial directo para salvar miles de vidas cada año.
Pero la discusión no se limita a la infraestructura; también involucra el uso correcto de los sistemas existentes. Contar con un inodoro no garantiza protección sanitaria si su operación cotidiana favorece la propagación de patógenos. Uno de los puntos críticos es la descarga sin tapa, una práctica común que facilita la dispersión de microorganismos en espacios cerrados como baños domésticos y públicos.
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Estudios científicos han demostrado que al accionar la cadena se generan aerosoles por el movimiento del agua, incluidos burbujeos, remolinos y salpicaduras. Estos bioaerosoles pueden contener bacterias intestinales y urinarias como Escherichia coli, Salmonella, Shigella, Clostridium, Staphylococcus y otras, capaces de permanecer suspendidas y depositarse en superficies cercanas.
Investigaciones publicadas en literatura científica especializada describen dos mecanismos principales de aerosolización: la salpicadura que produce gotas grandes y el estallido de burbujas que genera partículas finas, conocidas como núcleos de gota. Además, se ha documentado que el agua del inodoro puede seguir contaminada durante varias descargas posteriores, lo que refuerza el riesgo de transmisión por contacto si no se adoptan medidas simples como cerrar la tapa antes de descargar.
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