El deshielo del Ártico coloca a Groenlandia en el centro de la disputa climática

El Ártico dejó de ser un territorio remoto y estático para convertirse en una de las regiones más dinámicas del planeta, impulsado por un calentamiento acelerado que derrite su histórica barrera de hielo. El cambio climático está modificando de forma tangible una zona que durante siglos permaneció aislada, alterando rutas, ecosistemas y equilibrios geopolíticos con implicaciones que trascienden el hemisferio norte.
Groenlandia emerge como el punto neurálgico de esta transformación, no solo por su tamaño sino por su posición estratégica entre América del Norte, Europa y el océano Ártico. La isla funciona como una puerta natural hacia una región que empieza a ser accesible, lo que amplifica su relevancia en un contexto donde el hielo ya no actúa como frontera infranqueable.
El calentamiento del Ártico avanza a un ritmo muy superior al del resto del planeta, un fenómeno que los científicos identifican como amplificación ártica. La región se está calentando alrededor de cuatro veces más rápido que el promedio global, una diferencia que explica por qué el hielo marino retrocede de manera tan acelerada y sostenida.
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Ese hielo marino, pieza clave del sistema climático, sigue ciclos estacionales bien definidos, con mínimos hacia septiembre y máximos alrededor de marzo. Sin embargo, los registros satelitales muestran que estos ciclos se desarrollan sobre una base cada vez más reducida, con una pérdida persistente tanto en extensión como en volumen.
Las cifras confirman la magnitud del cambio: la extensión mínima del hielo marino en septiembre se ha reducido en más de 12 por ciento por década en comparación con los promedios de finales del siglo XX. No se trata de una fluctuación aislada, sino de una tendencia clara que apunta a un Ártico estructuralmente distinto.
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Las proyecciones climáticas más preocupantes plantean la posibilidad de veranos prácticamente sin hielo marino en las próximas décadas, incluso a partir de la década de 2030 si las emisiones de gases de efecto invernadero no disminuyen. Este escenario no implica la desaparición total del hielo, sino la reducción de la superficie congelada por debajo de un umbral simbólico que marca una transición profunda del sistema ártico.
El proceso se acelera por el efecto del albedo, un mecanismo de retroalimentación que intensifica el calentamiento. Al desaparecer el hielo blanco que refleja la radiación solar, el océano oscuro absorbe más energía, elevando la temperatura del agua y del aire, y favoreciendo un mayor derretimiento en un círculo difícil de frenar.
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Las consecuencias de esta transformación se extienden mucho más allá del Ártico. La pérdida de hielo afecta ecosistemas completos, modifica patrones climáticos globales y altera la circulación oceánica, mientras que la apertura de nuevas rutas marítimas y el acceso a recursos naturales reconfiguran intereses económicos y estratégicos, con Groenlandia como pieza central de este nuevo tablero.
Lo que antes fue una región estable y dominada por el hielo se está convirtiendo en un espacio fluido y disputado, donde ciencia, clima y geopolítica convergen. Comprender este proceso, apoyado en datos satelitales y evidencia científica, resulta clave para dimensionar cómo el planeta está respondiendo a un cambio climático que ya no es una proyección futura, sino una realidad en curso.
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