Del agotamiento “woke” a la furia económica: la política estadounidense entra en su fase más peligrosa

Estados Unidos atraviesa un cambio profundo en su clima político: el cansancio con la política identitaria dio paso a una furia económica alimentada por la mayor desigualdad en un siglo
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La crisis política y social que hoy sacude a Estados Unidos no nació de la noche a la mañana ni es exclusiva de una sola administración. Su raíz se remonta al periodo de Barack Obama, un presidente celebrado por sus discursos impecables, pero cuya herencia más profunda fue la institucionalización de lo políticamente correcto como norma moral. Bajo esa lógica, decir lo correcto importó más que describir la realidad, y agradar a todos se volvió un objetivo político, aun a costa de ocultar tensiones culturales y económicas reales.

Durante esos años se consolidó un clima de autocensura social. El estadounidense promedio, con un folklore duro, poco educado, a veces racista y hermético, aprendió a callar. No por convicción, sino por miedo. Miedo a perder el empleo, a ser cancelado, a ver afectado su negocio o su reputación. La corrección política no eliminó prejuicios ni resentimientos: los encapsuló, los silenció y los dejó fermentar bajo la superficie, apagando emociones genuinas que más tarde estallarían con fuerza.

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La llegada de Donald Trump rompió ese dique. Su discurso fue tosco, frontal y sin temor a la desaprobación, lo que muchos interpretaron como una liberación del lenguaje reprimido. Sin embargo, esa apertura retórica no se tradujo en justicia económica. Su administración gobernó para los sectores más ricos, profundizando una desigualdad que ya era estructural. La gente habló sin miedo, pero siguió pagando rentas imposibles, servicios caros y alimentos cada vez más inaccesibles.

Con Joe Biden, el péndulo regresó al terreno simbólico. El gasto público se disparó y la narrativa “woke” se expandió como política de Estado y como estética dominante en redes sociales. Todo lucía inclusivo, empático y bien intencionado en el discurso digital, pero en la vida cotidiana la percepción fue opuesta: un país gris, cansado, caro y socialmente fragmentado. La brecha entre el relato oficial y la realidad material se volvió insostenible.

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Ese divorcio explica por qué hoy el enojo social supera cualquier debate sobre cierres de gobierno o tecnicismos legislativos. A menos de dos semanas de un posible cierre federal, el tema desapareció del debate público porque el daño real ya está hecho y no incidirá en las próximas elecciones intermedias. Lo que sí pesa es el sufrimiento económico persistente, que terminó favoreciendo a los demócratas en las urnas el 4 de noviembre pasado, no por convicción, sino por castigo al poder establecido.

Las victorias de figuras como Zohran Mamdani, Abigail Spanberger y Mikie Sherrill reflejan un patrón conocido: cuando la vida se vuelve impagable, la ira se dirige contra quien gobierna. Rentas fuera de control, imposibilidad de comprar vivienda, deuda estudiantil crónica y una desigualdad comparable con la de los años veinte del siglo pasado han creado un consenso tácito: esta economía no funciona. Incluso votantes republicanos tradicionales lo reconocen sin rodeos.

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El regreso de Trump se da en un escenario distinto. Su visión geopolítica rompe con la idea de Estados Unidos como líder moral y amigo universal. El mensaje es claro: primero Estados Unidos, luego Estados Unidos, y después el resto. Hay libertad para decir lo que se quiera, aranceles usados como herramienta de presión y una política exterior transaccional. Pero esa dureza estratégica convive con una estructura económica que sigue beneficiando a unos cuantos.

Ante este panorama, el Partido Demócrata enfrenta una disyuntiva histórica. La política progresista performativa de la última década dejó una marca negativa, especialmente entre votantes rurales y hombres, que perciben al partido como moralmente arrogante y desconectado de la realidad económica. Las encuestas lo confirman: una amplia mayoría considera que los demócratas se enfocan más en símbolos sociales que en resolver el costo de vida.

La única salida posible es un viraje radical hacia el populismo económico sin complejos. Salarios dignos, vivienda accesible, servicios básicos controlados y oportunidades reales deben desplazar al lenguaje edulcorado y al absolutismo moral. La era de las medias tintas terminó. La rabia polarizante que hoy domina a Estados Unidos no es una anomalía: es la consecuencia lógica de años de discursos bonitos, silencios forzados y una economía diseñada para enriquecer a pocos mientras la mayoría apenas sobrevive.

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Autor

  • Carlos Puelma

    Soy Lic. Informático y Lic. en Mercadotecnia con Maestría en Marketing Digital. Me especializo en SEO para medios de comunicación desde 2003. Me encanta viajar y recorrer el mundo cada vez que tengo la oportunidad. He tenido la fortuna de conocer más de 40 países en los 5 continentes, por lo tanto, me reconozco como un verdadero nómada digital.

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