Conflictos bélicos con los que arrastra el mundo hasta este 2026

El mundo arrastra en la actualidad una serie de conflictos bélicos y tensiones geopolíticas que, lejos de resolverse, condicionan la estabilidad económica, humanitaria y diplomática de regiones enteras. Estos enfrentamientos y crisis reflejan un sistema internacional tensionado, donde potencias tradicionales, actores regionales y flujos migratorios compiten por poder, seguridad e influencia en un contexto de polarización creciente.
Uno de los conflictos más determinantes sigue siendo la guerra entre Rusia y Ucrania, que ha transformado el equilibrio de seguridad en Europa y ha tenido efectos directos en los precios de la energía, los alimentos y las alianzas militares. Este enfrentamiento no solo se libra en el campo de batalla, sino también en el terreno económico y diplomático, con sanciones, apoyo militar indirecto y una narrativa global que divide a bloques enteros.
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En Medio Oriente, la violencia persistente entre Israel y Palestina, agravada por enfrentamientos de alta intensidad en Gaza y la tensión regional con actores como Hezbollah e Irán, mantiene a la zona como uno de los focos más volátiles del planeta. Este conflicto histórico, marcado por crisis humanitarias recurrentes, continúa siendo un punto de fricción que impacta tanto en la política internacional como en la seguridad global.
África concentra varios de los conflictos armados más ignorados por la agenda mediática, como la guerra en Sudán y los enfrentamientos en la República Democrática del Congo o la inestabilidad crónica en el Sahel. La combinación de golpes de Estado, milicias armadas, terrorismo y disputas étnicas genera crisis prolongadas que desplazan a millones de personas y debilitan a Estados enteros.
En Asia, las tensiones en torno a Taiwán y el mar de China Meridional siguen siendo un conflicto latente de enorme riesgo estratégico, mientras que países como Myanmar enfrentan una guerra civil interna con profundas consecuencias humanitarias. Estos escenarios demuestran cómo rivalidades regionales pueden escalar sin convertirse en guerras formales, pero con impactos duraderos.
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Los conflictos migratorios también se han convertido en una fuente de tensión social y política. En la Unión Europea, el incremento de llegadas de migrantes a causa de guerras y crisis económicas ha generado descontento entre sectores de la población que sienten que pagan impuestos sin recibir beneficios tangibles, mientras perciben que algunos inmigrantes reciben acceso a vivienda, empleo y servicios sociales sin contribuir equitativamente, lo que alimenta polarización social y protestas contra las políticas migratorias. Esta presión sobre los sistemas de bienestar y los debates sobre identidad cultural han convertido la gestión migratoria en un tema que algunos analistas incluso relacionan con riesgos de revueltas internas si no se encuentra un equilibrio eficaz entre solidaridad y control fronterizo.
En América Latina, la migración masiva desde Venezuela por la crisis económica y política ha puesto en jaque la seguridad y las diplomacias regionales, ya que millones de venezolanos se han asentado en países vecinos y más allá, generando presiones sobre servicios públicos y mercados laborales. La falta de canales migratorios regulares y la tensión sobre recursos y políticas locales han exacerbado sentimientos antiinmigrantes en varias sociedades receptoras, complicando aún más la integración y la cooperación regional.
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Además, Estados Unidos ha intensificado su lucha contra el narcotráfico y la violencia asociada al declararlo en muchos casos como organizaciones terroristas extranjeras, incluyendo carteles mexicanos y grupos como el Tren de Aragua procedente de Venezuela, en una estrategia sin precedentes para utilizar herramientas antiterroristas en la lucha antidrogas. En paralelo, las políticas migratorias y operativos como redadas y deportaciones han generado protestas y debates intensos sobre derechos, seguridad y la sostenibilidad del sistema migratorio estadounidense.
Estos conflictos, tanto bélicos como migratorios, no existen de forma aislada, sino que están conectados por intereses económicos, rutas energéticas, comercio de armas y disputas ideológicas. La globalización ha hecho que una guerra regional o una crisis migratoria tenga repercusiones inmediatas en mercados, migración, seguridad y política interna de países que, en apariencia, están lejos del frente de combate. Mientras no se atiendan las causas estructurales —desigualdad, autoritarismo, competencia por recursos y fallas del sistema internacional—, la guerra y la inestabilidad seguirán siendo una constante incómoda del orden global contemporáneo.
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