Previene la ceguera por infección del parásito acanthamoeba keratitis

La acanthamoeba keratitis es una infección ocular poco frecuente pero potencialmente devastadora que afecta principalmente a la córnea y que ha ganado relevancia clínica por su dificultad diagnóstica y su evolución agresiva cuando no se detecta a tiempo. Se trata de una queratitis causada por un protozoario de vida libre, capaz de sobrevivir en ambientes tan comunes como el agua potable, piscinas, jacuzzis, suelo húmedo y soluciones mal conservadas para lentes de contacto, lo que explica su asociación directa con ciertos hábitos cotidianos.
Desde el punto de vista microbiológico, la acanthamoeba keratitis es producida por especies del género Acanthamoeba, organismos unicelulares que existen en dos formas: el trofozoíto activo y el quiste, altamente resistente. Esta capacidad de enquistarse vuelve al parásito extraordinariamente difícil de erradicar, ya que los quistes toleran desecación, cloración y muchos desinfectantes convencionales, un dato clave para comprender por qué algunos tratamientos fallan o se prolongan durante meses.
Uno de los factores de riesgo más documentados para desarrollar acanthamoeba keratitis es el uso de lentes de contacto, especialmente cuando se manipulan con manos húmedas, se lavan con agua del grifo o se utilizan mientras se nada o se toma una ducha. No obstante, la infección también puede presentarse en personas sin lentes, generalmente tras microtraumatismos corneales en entornos contaminados, lo que obliga a no descartar el diagnóstico únicamente por la ausencia de este antecedente.
Clínicamente, la acanthamoeba keratitis suele iniciar con síntomas aparentemente inespecíficos como enrojecimiento, lagrimeo y fotofobia, pero destaca un signo que debe alertar al especialista: dolor ocular intenso desproporcionado frente a los hallazgos iniciales. Conforme avanza la enfermedad pueden aparecer infiltrados estromales, lesiones perineurales y el característico infiltrado en anillo, aunque este último suele manifestarse en fases más tardías.
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El diagnóstico de acanthamoeba keratitis representa uno de los mayores retos en la práctica oftalmológica, ya que con frecuencia se confunde con queratitis herpética, fúngica o bacteriana. Las técnicas más utilizadas incluyen el raspado corneal con cultivo especializado, la microscopia confocal in vivo y la reacción en cadena de la polimerasa, herramientas que permiten identificar al parásito y diferenciarlo de otros agentes con presentaciones clínicas similares.
En cuanto al tratamiento, la acanthamoeba keratitis requiere esquemas prolongados y altamente específicos, generalmente basados en biguanidas como la polihexametilen biguanida o la clorhexidina, combinadas con diamidinas. La terapia suele ser intensiva durante semanas o meses, ajustándose según la respuesta clínica, y en casos avanzados puede ser necesario el trasplante de córnea, incluso después de haber controlado la infección activa.
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El pronóstico visual en la acanthamoeba keratitis depende en gran medida de la precocidad del diagnóstico y de la adherencia estricta al tratamiento. Los retrasos diagnósticos son comunes y explican por qué muchos pacientes desarrollan cicatrices corneales permanentes, irregularidades ópticas severas o pérdida visual significativa, aun cuando el parásito haya sido erradicado por completo.
Desde una perspectiva preventiva, reducir la incidencia de acanthamoeba keratitis pasa por una educación clara y constante a los usuarios de lentes de contacto. Evitar el contacto con agua no estéril, renovar con frecuencia los estuches, utilizar soluciones adecuadas y suspender el uso ante cualquier molestia ocular son medidas simples pero respaldadas por sólida evidencia clínica.
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La acanthamoeba keratitis también ha impulsado líneas de investigación enfocadas en nuevos agentes antiamebianos, estrategias para penetrar los quistes y métodos diagnósticos más rápidos y accesibles. Su estudio ha permitido comprender mejor la interacción entre parásitos de vida libre y el tejido corneal, aportando conocimiento valioso no solo para esta entidad, sino para el manejo general de las queratitis infecciosas complejas.
Comprender esta enfermedad exige una mirada integral que combine microbiología, clínica y prevención, ya que no se trata de una infección oportunista trivial, sino de una patología que pone a prueba la pericia diagnóstica del oftalmólogo y la disciplina terapéutica del paciente, con implicaciones directas en la calidad visual y la salud ocular a largo plazo.
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