Leones de Namibia dejan el desierto para adaptarse al mar, amenazan el turismo

La supervivencia de los leones en uno de los entornos más extremos del planeta está reescribiendo lo que se creía posible para un gran depredador terrestre, luego de que un pequeño grupo abandonara el interior del desierto de Namib y comenzara a depender del océano Atlántico como fuente principal de alimento.
El fenómeno ocurre en la Costa de los Esqueletos, al noroeste de Namibia, donde el desierto más antiguo y árido del mundo se encuentra con el mar. Ante la escasez prolongada de presas terrestres, algunos leones adaptados a la hiperárida región comenzaron a explorar la franja costera, transformando playas, estuarios y desembocaduras de ríos efímeros en nuevos territorios de caza.
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El desierto de Namib presenta condiciones extremas: lluvias que en muchos puntos no superan los 50 milímetros anuales, años completos sin precipitación y ríos que permanecen secos durante largos periodos. En este entorno, los leones no son una subespecie distinta, pero sí desarrollan comportamientos radicalmente diferentes, con grupos pequeños que recorren territorios de hasta cinco mil kilómetros cuadrados en busca de alimento.
Cuando ese delicado equilibrio colapsa por sequías prolongadas, la presión es absoluta. Fue entonces cuando algunos grupos optaron por una ruta impensable: el océano. La Costa de los Esqueletos, marcada históricamente por naufragios y restos de ballenas, se convirtió en una extensión funcional de su hábitat, no por accidente, sino por necesidad.
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El regreso de los leones a la costa no es nuevo, pero sí excepcional en su persistencia. En las décadas de 1970 y 1980 hubo registros de ejemplares alimentándose ocasionalmente de fauna marina, aunque la persecución humana y los conflictos con comunidades ganaderas provocaron su desaparición total de la región a inicios de los años noventa.
La recuperación comenzó a finales de esa década, cuando Namibia fortaleció sus políticas de conservación y el turismo de naturaleza redujo la persecución directa. A partir de los años 2000 se documentaron visitas esporádicas de leones a la costa, pero el punto de quiebre llegó tras una nueva crisis de sequía extrema en 2017, que redujo drásticamente las presas del interior.
Hoy se estima que alrededor de una docena de leones dependen de manera sostenida del océano para sobrevivir. No se trata de una transformación física, sino de un cambio conductual profundo: aprendieron a cazar aves marinas en lagunas costeras y, con el tiempo, a enfrentar presas mucho más complejas como los leones marinos.
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Las primeras cacerías fueron estratégicas y eficientes. Las leonas jóvenes ajustaron horarios, aprovecharon la oscuridad y atacaron bandadas de aves en zonas donde los ríos efímeros se encuentran con el mar. Más adelante, el oportunismo dio paso a la caza activa de leones marinos, comenzando por individuos jóvenes hasta llegar a presas de más de 50 kilos.
El seguimiento de estos ejemplares confirma la magnitud del cambio: durante 18 meses, tres leonas jóvenes consumieron cerca de 90 presas, más del 80% de origen marino. No fue un evento aislado, sino una estrategia sostenida basada en aprendizaje, repetición y transmisión del conocimiento dentro del grupo.
Esta adaptación, aunque extraordinaria, es frágil. Se trata de una población pequeña, altamente especializada y vulnerable a cualquier retroceso en la protección ambiental. La historia de la Costa de los Esqueletos demuestra que la persecución humana puede borrar décadas de aprendizaje en pocos años, haciendo desaparecer no solo a los animales, sino a la estrategia misma que les permitió sobrevivir.
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