Silencio de Putin y Xi Jinping tras captura de Maduro desconcierta al chavismo

La ausencia de pronunciamientos oficiales por parte de Vladimir Putin y Xi Jinping tras la captura de Nicolás Maduro llamó poderosamente la atención en el escenario internacional, especialmente porque Rusia y China han sido, durante años, los principales respaldos políticos y estratégicos del gobierno venezolano. A más de medio día de los hechos, ni el Kremlin ni Zhongnanhai habían emitido postura formal alguna a través de sus canales institucionales.
El mutismo contrasta con la rapidez con la que otros actores globales y regionales reaccionaron, ya fuera para condenar el ataque estadounidense, pedir desescalada o exigir la intervención de organismos multilaterales. En el caso ruso y chino, el silencio adquiere un peso específico por su historial de vetos, advertencias diplomáticas y defensa explícita de la soberanía venezolana en foros internacionales.
La relación de Moscú con Caracas ha estado marcada por cooperación militar, energética y financiera, además de un discurso consistente contra las intervenciones de Estados Unidos en América Latina. Por ello, la falta de una reacción inmediata plantea interrogantes sobre el margen de maniobra real de Rusia frente a una operación ya consumada y con efectos irreversibles.
En el caso de China, el cálculo parece aún más complejo. Pekín ha sostenido a Venezuela como socio estratégico en el suministro energético y como parte de su narrativa de respeto a la no injerencia, pero también ha privilegiado en los últimos años una política exterior más cautelosa cuando los conflictos escalan a confrontaciones militares directas con Washington.
El silencio de ambos líderes puede interpretarse como una pausa deliberada para evaluar el nuevo equilibrio de fuerzas, más que como una señal de respaldo tácito a la operación estadounidense. En diplomacia de alto nivel, no hablar también es una forma de posicionarse, especialmente cuando cualquier palabra podría cerrar espacios de negociación futura.
Este vacío de declaraciones oficiales también resalta un fenómeno más amplio: la crisis venezolana se ha trasladado, en buena medida, al terreno de las redes sociales, donde abundan mensajes políticos, pero escasean comunicados formales con peso jurídico y diplomático. La falta de pronunciamientos claros desde Moscú y Pekín refuerza esa sensación de informalidad global ante un hecho de enorme gravedad.
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Para el gobierno venezolano y sus aliados, la expectativa de una reacción contundente de Rusia y China era un factor clave para internacionalizar el conflicto y presionar en el Consejo de Seguridad de la ONU. La demora, en ese sentido, debilita momentáneamente esa estrategia y deja a Caracas con un respaldo más retórico que operativo.
La cautela de Putin y Xi también puede leerse como un reconocimiento implícito de que la captura de Maduro marca un punto de quiebre, difícil de revertir incluso con condenas diplomáticas. El escenario que se abre obliga a redefinir alianzas, costos y prioridades en un sistema internacional cada vez más fragmentado.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa cómo dos de las mayores potencias del mundo optan por el silencio en uno de los episodios más explosivos de América Latina en décadas, una decisión que, por ahora, genera más preguntas que respuestas.
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