Estados Unidos, al borde de perder el estatus de país libre de sarampión tras brotes en cuatro estados

La eliminación del sarampión en Estados Unidos, considerada durante décadas un logro emblemático de la salud pública, enfrenta su mayor amenaza en más de 20 años. A un año del inicio de un brote significativo en Texas, autoridades sanitarias internacionales se preparan para decidir si el país pierde oficialmente su designación como territorio libre de transmisión endémica del virus.
La Organización Panamericana de la Salud tiene previsto reunirse en abril para evaluar si en Estados Unidos ha existido una cadena ininterrumpida de contagios durante al menos 12 meses, el criterio técnico que define la pérdida del estatus de eliminación. La revisión no solo involucra a ese país, sino también a México, donde los brotes recientes mantienen un vínculo epidemiológico directo con el sur de Estados Unidos.
El foco de atención se centra en el brote que inició en el oeste de Texas y que posteriormente coincidió en tiempo y cepa con casos detectados en Utah, Arizona y Carolina del Sur. Aunque las autoridades investigan si se trata de una sola cadena continua de transmisión, especialistas advierten que, más allá del fallo técnico, el problema del sarampión en América del Norte es estructural y creciente.
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Las cifras refuerzan esa preocupación. Durante el último año, se confirmaron más de 2 mil casos de sarampión en Estados Unidos, distribuidos en 44 estados, el mayor registro desde 1991. La enfermedad reapareció en decenas de brotes simultáneos, afectando comunidades con bajas coberturas de vacunación y evidenciando una pérdida sostenida de protección colectiva.
El retroceso tiene raíces profundas. La disminución en la vacunación infantil, impulsada por exenciones solicitadas por padres, barreras de acceso a servicios de salud y campañas de desinformación, ha creado nichos vulnerables. A esto se suma un entorno político reciente en el que se han cuestionado públicamente las vacunas y se han reducido recursos destinados a fortalecer la inmunización comunitaria.
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El brote de Texas ilustra con crudeza ese escenario. Más de 760 casos confirmados, dos muertes infantiles y un subregistro estimado cercano al 44% revelan la dificultad real de rastrear contagios en comunidades con limitada atención médica y desconfianza hacia las autoridades. Para los departamentos de salud, cada caso implica costos elevados y una carga operativa que supera la capacidad instalada.
Desde el punto de vista científico, la secuenciación genética ha confirmado la circulación de la misma cepa de sarampión en varios estados de Estados Unidos, así como en Canadá y México. Sin embargo, la estabilidad genética del virus complica establecer con certeza si los brotes están directamente conectados, lo que deja margen a interpretaciones técnicas en la evaluación final de la OPS.
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México también se encuentra bajo escrutinio. El brote más grande registrado en el país se originó tras el contagio de un menor que visitó Texas, y desde entonces miles de personas han enfermado, con decenas de muertes reportadas. Aunque los criterios internacionales separan las cadenas de transmisión por fronteras nacionales, expertos consideran que ese estándar ya no refleja la dinámica real de la movilidad regional.
Más allá de la decisión formal que se tome en abril, el consenso entre especialistas es claro: el sarampión ha encontrado nuevamente condiciones favorables para propagarse. Con tasas de vacunación por debajo del umbral del 95% requerido para frenar al virus, la región enfrenta el riesgo de normalizar una enfermedad que había sido controlada y cuya prevención sigue dependiendo, de forma crítica, de la vacunación.
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